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Vero Díaz, el ángel de Unicaja vuelve a volar

 

El ángel de Unicaja extiende sus alas. “¿Cómo me contagié? Eso quisiera saber yo”. No son las palabras, sino la risa con la que las acompaña. Esa manera de comenzar a contar su propia historia de doble lucha, la que ha librado por los demás hasta que le ha tocado centrarse en la suya, define la frescura y el talante alegre de una mujer de armas tomar. Afronta la vida con determinación y sabe además disfrutarla… compartida. De hecho, no la concibe sin darse a quien la necesita en cada momento, y pese a que nuestra Verónica Díaz es inconfundible gracias a su simpatía, es de las que dicen más de ella sus acciones. Cuando no actúa como un ‘ángel’ en su trabajo por convicción, una de sus pasiones es el verde de Unicaja Costa de Almería, en el seno de la peña ‘Los Jaleantes’, que, lamentablemente, ha sufrido una baja muy sensible hace unos días, la de su abuela Dolores, la ‘abuela de Unicaja’. No se pudo despedir de ella, el coronavirus la tenía retenida, pero Vero ha logrado escapar y, “llena de ilusión”, vuelve a combatirlo.

Enfermera en Cruz Roja, donde atiende a colectivos vulnerables y las personas que llegan en patera, y en la UCI del Hospital Torrecárdenas, dando profesionalidad y cariño a los pacientes, tras muchos días finalmente fue ‘alcanzada’ por el virus, pese a que, “por suerte, a diferencia de los compañeros en otras ciudades, hospitales e instituciones, no me han faltado los equipos de protección individual”, reconoce. No se le pasaba por la cabeza el contagio: “Por supuesto que siempre piensas que no te va a tocar a ti… hasta que te toca”. En su caso, se detectó porque comenzó con fiebre, automática y responsablemente llamó a su supervisor: “Sus palabras fueron ‘ve inmediatamente a urgencias y que te hagan ahora mismo el test”. Y apareció un positivo que la mandó al ‘banquillo’ durante unas semanas en las que ha elaborado su particular ‘diario de la cuarentena’ en redes sociales, optimista, como es ella, de aplauso en aplauso dedicado, como no, a los demás.

Casi asintomática, agradece que la fiebre le diera el aviso de apartarse: “Extremas las precauciones, porque te han puesto en duda, te vas a casa a esperar el resultado con un mensaje tranquilizador de los médicos, porque estaba perfectamente, pero a las diez de la noche suena el teléfono y te lo dicen; en ese momento piensas ¿por qué a mí?, ¿qué he hecho mal?, ¿cómo he podido contagiarme?, y no es lo peor; lo peor es que tienes que dar el diagnóstico a tu familia y en tu lugar de trabajo, con la preocupación que ello conlleva”. Y sí, entonces, solamente entonces, se reconoce a si misma que era “plenamente consciente de que corría el riesgo de contagiarme, estaba en una diana y todos los dardos me apuntaban”. Era lo de menos, porque “aun sabiéndolo, las ganas de trabajar y de cuidar a tus pacientes no se quitan, sino al contrario, esas ganas aumentan”, sentencia con firmeza extrema.

Si se pone a repasar las primeras noticias, comparte el pensamiento que parecía el generalizado, “que está muy lejos y que no llegará, o al menos intentas creerlo a la par que se te pasa por la cabeza ‘¡uff!, si llega ¿qué vamos a hacer?’, porque sabes que la situación puede complicarse, y mucho”. Con todo, fue precavida: “Empecé el confinamiento antes de que lo decretara el Gobierno y allá por un 8 de marzo me encerré en casa, solo saliendo para ir a trabajar, porque intentas evitar contagiar a tu familia, previsión de la que se avecinaba”. Quizá por ello encajó un poco peor el golpe: “Cuando me dijeron que había salido positivo se me cayó el mundo encima, no por el resultado, sino porque viendo todo lo que mis ojos veían en el hospital, pacientes muy malitos que no pueden estar acompañados por su gente, que cada segundo cuenta para vivir o morir…no quieres ni imaginarte pasar al otro lado”.

Para tranquilidad de la muchísima gente que la adora, se considera con suerte, ya que “dentro de lo que cabe, no me he encontrado muy mal”, dice: “Como una gripe un poco más larga de lo normal; los dos primeros días fueron los peores, tenía fiebre y parecía que me había pasado un tractor por encima, un dolor abdominal me acabó llevando a urgencias, pero cuando la fiebre se fue, los únicos síntomas eran dolor de garganta y barriga”. En el proceso, con todo, miedo: “Cada día esperas que pase más rápido que el anterior, para evitar complicaciones respiratorias, que son las que hacen que las personas se pongan tan mal; cuentas los días, porque te han dicho que los peores son del séptimo al décimo, e intentas estar preparado para que nada te pille por sorpresa”. Aguerrida y generosa, lo que más aliento le da es volver a la primera línea cuanto antes. Es rotunda a ese respecto: “La palabra ‘querer’ se queda corta, porque estoy deseando volver al trabajo”.

Pura vocación, “me encanta, estoy enamorada de él, y quería poder incorporarme cuanto antes para poder seguir atendiendo a mis pacientes y ayudar, porque todavía hay mucha gente que necesita que estemos ahí, que los cuidemos”, textualmente, lo que va a poder vivir desde este jueves. No se le escapa que “en estos momentos los sanitarios debemos ejercer de familiares, puesto que los pacientes están solos y tenemos que prestarles nuestro apoyo y darles nuestro cariño”. Se espera muchos cambios entre los dos ‘primeros días’, pero ansía cruzar de nuevo las puertas, “con mucha ilusión”. Su trabajo es asistencial en la UCI, y lo cruza con el que desempeña en Cruz Roja Española, “que es mixto”, dice, matizando que prepara los preventivos, “estudio de recursos necesarios, presupuesto, buscar lo más importante, que son los voluntarios…”, y también asistencia a personas que llegan en patera, sanitaria y humanitaria, “porque si termino el primero me pongo a repartir comida o lo que sea”.

Puro compromiso y bondad, se mueve desde lo que genera en su interior, porque “lo importante es ayudar a quienes nos necesitan, estar al lado de aquellas personas vulnerables”, lo que Cruz Roja le permite. Y claro que haberse contagiado tiene una afección personal: “Aprendes a valorar cosas a las que antes no dabas importancia, y dejas de dársela a otras que no la tienen y que recibían más de la cuenta; además, por un lado te sientes más sensible y por otro intentas ser fuerte para aguantar toda la presión a la que te ves sometido, intentando dar el 200% y el 300% porque sabes que hay mucha gente que depende de ti”. No le hacía falta, pero la COVID-19 es un impacto en el desempeño profesional del sanitario: “Te das cuenta de lo importante que es ser humano y comprensivo con los pacientes y con los familiares, cualidad que nunca debe perderse en este sector”.

Es el momento de acordarse de Dolores, “la abuela era mucha abuela, animadora de Unicaja como una quinceañera, y anda que pocas veces se ha enfadado porque se ha quedado en casa y no ha podido ir a a estar con el equipo, cuando hemos ido a Teruel o a cualquier otro partido fuera de Almería”. Vero flaquea con esta pena de quedarse sin su adiós: “Ha resultado muy duro no poder despedirme de ella, encima de que llevaba sin verla desde el 8 de marzo, que fue cuando le di el último beso y no sabía que aquel adiós sería el último, pensando que todo esto pasaría pronto, y no solo influye el estado de alarma, que impide que nos despidamos de los nuestros, sino que además en mi caso ni siquiera podía ir a casa de mi madre por este bicho”. Pero la herencia la tiene bien recibida: “¿Qué puedo decir de mi Unicaja?, para mí es el mejor equipo del mundo, le debemos mucho, es una familia en la que hacen que rápidamente te integras, jugadores, directiva y todos los que son parte del club”.

Los partidos de su equipo son “un subidón de adrenalina”. Vero los vive “con mucha intensidad”, siempre dándolo todo: “Más de una vez he llegado con afonía a mi casa, pero es que realmente merece la pena perder la voz; cuando ves que hay momentos en los que el equipo no está del todo bien, hay que animar a los jugadores, darles fuerza y que se crean que son los mejores, porque realmente son los mejores”. Hay un momento especial, “en el que ellos te animan a que tú sigas animándolos, y hace que los pelos se pongan de punta”. Recuerdos, muchos, y uno destacado: “Triplete, estuvimos en Teruel y llegábamos con un 1-1; había que darlo todo y el primer día no pudimos y perdimos el partido; el segundo día la cosa no iba mucho mejor, pero de repente conseguimos que los jugadores se lo creyeran y lograron remontar un 2-0 para acabar 2-3 y forzar el quinto partido; la liga fue verde, y jamás podré olvidar ese momento, porque fue muy emocionante”.

Por el club, ama al voleibol, “un deporte que para mí es algo muy grande”, dice a la par que reconoce que “la verdad es que yo nunca he sido muy ‘deportiva’, pero el vóley tiene algo que engancha”. Empezó a ir al pabellón en 2006 con una de sus hermanas, “nos gustó y repetimos”, y no solo eso, sino que “un día mis padres y mi otra hermana decidieron animarse, y hasta hoy”. Su balance es muy positivo, puesto que “gracias al voleibol hemos conocido a mucha buena gente, hecho amigos, no solo de aquí, sino también de otros equipos, lo que es algo muy sano”. Confía en la gente, pero se enfada con las irresponsabilidades: “No las entiendo; de hecho, casi he dejado de ver las noticias, porque te da rabia que estés sacrificando tu salud y la de tu familia mientras hay personas que se han tomado el confinamiento como unas vacaciones, y más cuando tú también caes y te contagias, aun sabiendo que has mantenido las precauciones necesarias para evitar el temido contagio”.

 

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