René y los Alcaraz

Hay equipos que, sin tener a los teóricamente mejores jugadores, compiten y sacan los partidos adelante. El fútbol es algo más que una distribución teórica de piezas sobre el campo. El fútbol es un deporte en el que influyen multitud de factores; su carácter colectivo provoca que el estado de ánimo de cada uno de los once miembros del equipo titular, de los más de veinte miembros de la plantilla, tenga una influencia decisiva en los logros del conjunto.  

La rueda que, por inercia, cae rampa abajo es un ejemplo adherible a la definición de equipo que funciona. El Huesca, el Girona, el Éibar o el Leganés de sus respectivos ascensos, pueden ser buenos modelos. Jugar es algo más que saltar al terreno de juego y, como solicitan algunos, “echarle huevos”. No, el fútbol no es solo agachar la cabeza y correr. Tirarse al suelo y pelear el balón como pollo sin cabeza. Los mejores equipos no son necesariamente los que más corren, sino los que lo hacen mejor.  

Estos dos párrafos introductorios están inspirados en René y en los dos Alcaraz, Lucas y Rubén, Rubén y Lucas, sea cual fuere el orden. El guardameta de El Bosque dio ante el Tenerife una lección de saber exprimir al máximo el zumo de un partido. Supo intervenir en el juego de forma directa e indirecta. Me llamó la atención cuando, tras una dura entrada que su compañero Rubén recibió al final del encuentro, con el resultado muy en el aire, al ver que nadie del banquillo saltaba a reclamar nada; se dirigió a sus compañeros para exigir que añadieran presión al verde y transmitieran pasión a sus compañeros que trataban de defender el resultado en el césped.  

El Alcaraz jugador demuestra desde el inicio de campaña por qué es uno de los capitanes del equipo. Es sorprendente que un jugador cedido por el Girona sea elegido para portar el brazalete; cosa que demuestra muy a las claras el sindiós que es el club en sus entrañas. En cualquier caso, su desempeño avala esta decisión. Es el motor del equipo. Sabe tirar de intensidad cuando su equipo lo necesita. Sabe hacer uso de la brega en el momento oportuno, provocar una falta en esos minutos de agobio o hacer uso del juego directo en situaciones de llegada fácil. Es, por teoría y por práctica, un centrocampista de los pies a la cabeza. El motor del equipo.  

El otro Alcaraz, el entrenador, saltó como una exhalación para exigir a Hicham que el cambio lo pidiese desde dentro del campo. Su equipo ganaba y arañar minutos al crono podía resultar valiosísimo; competir, se llama. Apurar opciones. Son detalles que acaban definiendo hacia dónde se inclina la balanza. El Almería ganó y lo hizo por detalles; porque el Tenerife tiene la pólvora mojada, porque tiene un portero con un nivel de concentración total y porque, por fin, está recuperando la competitividad.

Lo de Pozo, con un pincel de colores sobre el campo, una incisividad de otra categoría y un aporte en forma de asistencias prodigiosas a compañeros que deben ya ver en él a un amigo sobre el césped, lo dejaremos para un capítulo aparte; para el de los grandes momentos.

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